La técnica del doctor Frankenstein

La mayoría de personas no tiene ni la menor idea de lo que hace un editor o un corrector de estilo. Pero quienes creen tenerla sospechan que revisar un texto consiste en ‘poner y quitar’ algunos elementos de ortografía, tachar aquel contenido redundante y asegurarse de que todas las ideas acordadas estén presentes; muy pocos alcanzan a imaginar que conseguir que un escrito sea claro y ordenado requiere de técnicas que analizan la pertinencia de un término, la estructura de una frase, la cohesión entre los párrafos, en definitiva, la ‘unidad’ del texto.

Porque lo que esas personas leerán será un informe, un reportaje o una memoria de labores; a ellas no les interesa saber quién lo hizo ni cómo, sino solamente el resultado. Así que lograr que un trabajo realizado por un grupo de profesionales tenga unidad puede convertirse en una tarea compleja. Si tal objetivo no se consigue, en el mejor de los casos nos encontraremos frente a dos ideas principales en una propuesta técnica, un trabajo universitario sin bibliografía o un discurso con argumentos contradictorios; pero más de una vez quienes nos dedicamos a evaluar lo que los otros escriben hemos batallado con información seccionada cuyas conexiones no logramos identificar e intentado hacerla asequible. Cuando perdemos la perspectiva de la unidad textual, podemos estar ante un monstruo creado por la técnica del Dr. Frankenstein.

La unidad textual

Entonces comienza la labor del editor y a veces también la del corrector de estilo: conferir a un texto esa unidad de la cual carece. Él debe imaginar que es él mismo quien lo ha escrito y que este ha de obedecer a una lógica (a veces hay que descubrirla o intuirla) que permita a los lectores centrarse en el contenido y no distraerse con aspectos que le hagan dudar sobre la calidad de los datos, la solidez de los planteamientos o la pertinencia de las fuentes consultadas. La principal labor del editor debería ser dar unidad al texto; ya vendrán otras que retarán su destreza y, además, su paciencia infinita.

¿Va con tilde?

Hace un año, cuando finalizaba con una colega un informe de trabajo, observé que en las partes que ella había escrito faltaban muchas tildes.

Le pregunté por qué no las ponía, y me respondió que mientras escribía no se concentraba en eso y que, además, Word (aplicación para procesar escritos) lo hacía. En ese momento escribió una línea para demostrar su afirmación y, ciertamente, el programa tildó automáticamente algunas de esas palabras, pero no todas. Por ejemplo, en la frase “Cerca del paso del tren”, paso no necesita tilde; pero en la frase “La viuda pasó cerca de la estación del tren”, sí.

La tilde es la raya oblicua que se coloca sobre las vocales de ciertas palabras, para reconocer dónde llevan su fuerza de voz (última, penúltima, antepenúltima sílaba) o para saber su significado.

A veces se percibe que la memorización y aplicación de las reglas ortográficas es compleja y difícil, o que se perderá mucho tiempo en esta tarea; sin embargo, aprender a tildar es importante y fácil.

Las reglas para acentuar gráficamente se resumen en tres enunciados:

  • Llevan tilde las palabras con la fuerza de voz en la última sílaba y que terminan en /n/, /s/ o

Vocal

  • Llevan tilde las palabras con la fuerza de voz en la penúltima sílaba y que NO terminan en /n/, /s/ ni vocal, y
  • Llevan tilde todas las palabras en las que la fuerza de voz va antes de la antepenúltima sílaba.

No es complicado aprenderlas si se observa que la primera regla es lo contrario de la segunda y, la última, es general, todas se tildan. Existen excepciones a las dos primeras, pero si se aplican estas tres fundamentales podemos asegurarnos de que un 90% de las palabras de nuestros escritos irán correctamente tildadas.

 

Comparte tus pensamientos